Sevilla y la armonía en la voz de Fernando Bellón
Jueves 15 de mayo. 7,15 horas.
Apago el despertador y me tomo un tiempo antes de levantarme de la cama. Me gusta ver salir el sol por entre las azoteas de los edificios vecinos.
Ya viene. Va a hacer un día espléndido de primavera.
Me dirijo a la cocina y enciendo el ordenador mientras preparo el café mañanero. Pienso que hoy, por suerte, no tengo que coger el coche.
Ya con la taza en la mano, comienzo la lectura ritual de blogs y prensa, el mejor momento de la jornada.
Hace unos días que no me paso por la Calle Oliver, ¿qué se traerá Fernando entre manos? Click
Vaya, al parecer se encuentra en Sevilla feliz y despreocupado.
Y le apetece contarlo:
“Jardines con jarandás en flor y el suelo tapizado de pétalos morados, palmeras, la Giralda asomándose por encima de los tejados, un tranvía entrometido rodando por la avenida de la Constitución, por delante de la catedral, como si quisiera chulearla. Edificios centenarios mirando impertérritos el curso del vehículo aerodinámico. Las terrazas salpicadas de turistas. Sevillanos atareados de aquí para allá. Coches de caballos. La Torre del Oro mirándose en las aguas de lo que antes fue río Guadalquivir y hoy es un canal. En el autobús de Mairena a Sevilla, ciudadanos que charlan, señoras que se cuentan cosas con un gracejo que sólo se siente en Sevilla, emigrantes hispanoamericanos camino de su trabajo. Las obras de la línea 1 del Metro en la Avenida Blas Infante…”

Muchas gracias de nuevo, amigo Ángel.
En relación con la entrada de hoy (la sentencia en contra de la hermana de la princesa de Asturias), a mí también me ha parecido una extravagancia judicial. Puede que sea decepcionante o indignante. Pero no es una sorpresa. Vivimos una curiosa época en la que el sentido común es estrictamente privado. Muchas instituciones, muchos hombres y mujeres públicas han perdido la razón y el contacto con la realidad. Y cuando alguien exige su derecho a no ser personaje público, le envían a mamar. El único consuelo (menudo consuelo) es que esta vez le ha tocado pagar el pato a una persona bien relacionada, cuando siempre suelen pagar los primos.